domingo, 20 de septiembre de 2020

Hampshire y Marcín en la Galería Karen Huber

 

Merry MacMasters. La Galería Karen Huber reabrió sus puertas bajo estrictas medidas de seguridad –tapabocas obligatorio y el uso de gel antibacterial, visitas por cita, un máximo de tres personas en el espacio al mismo tiempo-- , con las exposiciones Mundonomundo, de Luis Hampshire, con 18 pinturas y estructuras espaciales, y La destreza de un pintor consiste en saber pintar el aire, de Mauricio Marcín, con ocho pinturas en acrílico.


Durante el tiempo que la galería --enfocada a todos los aspectos de la pintura--, estuvo cerrada debido a la cuarentena por la pandemia del COVID-19, “tuvimos que posponer dos exhibiciones”, expresa su directora, Andrea Bustillos. Ahora, decidieron no hacerlo porque “tenemos un compromiso con los artistas”. Por otro lado, “el público ya quiere empezar a salir con sus precauciones”.




Obra de Luis Hampshire. Aspecto de la galería. 




A raíz del encierro, Hamphire (Oaxaca, 1975) tuvo que modificar su muestra originalmente pensada como una serie de pinturas de gran formato. Por la crisis sanitaria de repente no podía conseguir los bastidores y demás materiales. La cuarentena lo enfrentó a los límites de su taller: “Si no tenía la tela deseada, agarraba otra, o maderas. Era pensar en las relaciones que no necesariamente van de la mano, sin embargo al forzarlas generan nuevos sentidos.


Es algo que me interesa mucho, sobre todo en esta situación en que no sabemos bien cómo ubicarnos. Sé que tengo una vida, no obstante, no es como era”. Estas inquietudes se reflejan en su obra que desconcierta por su ambigüedad. Este desvío de lo “cómodo” es algo que el entrevistado trabaja desde hace tiempo: el momento en que la pintura sale del soporte bidimensional y empieza a tener un carácter más espacial que conlleva nuevos “torzones o desvíos”.


Ante la inundación de contenidos de arte en las redes sociales debido al encierro, el ganador del 17 Bienal de Pintura Rufino Tamayo (2018) empezó a reflexionar sobre “la plenitud de la imagen digital contra la materialidad de la imagen, con la presencia del objeto de arte en el espacio físico de la galería, lo que es completamente distinto”. Le preocupaba hacer una exposición que tuviera que ver con la presencia de las piezas y el espectador frente a ellas, porque sus obras no sólo tienen diferentes lecturas, sino son un mundo de detalles.


Las estructuras espaciales de Hampshire son una metáfora del frágil equilibrio de “la situación que vivimos. A veces pasa una sola cosa y todo se viene abajo. México tiene posibilidades de resolver muchas cosas con un palito, una cinta adhesiva, un mecatito. Sin embargo, si esto fuera de estructura de producción constante, no compete en un ámbito de economía global”.



Obra de Mauricio Marcín incluida en la exposición. Ambas imágenes son cortesía de la Galería Karen Huber.




Mauricio Marcín (Tapachula, 1980), por su parte, es más conocido como gestor y curador que como artista. En un texto escrito para la exposición dice que las pinturas son conjuros. Son “mi forma de hacer rituales de protección: orégano y limones debajo de la cama. Cada uno de los conjuros intenta rescatar la visión de lo divino, extirpada de nuestras conciencias por la perspectiva antropocéntrica que nos hace pensar la existencia como un movimiento binario de producción y consumo”.


La Galería Karen Huber se ubica en Bucareli 120, colonia Juárez. Para hacer una cita escribir a info@karen-huber.com o produccion@karen-huber.com.





domingo, 16 de agosto de 2020

Isaac Tamariz, pintura por computadora




Más conocido como escultor, Isaac Tamariz (Ciudad de México, 1968) realiza hace tiempo una serie de pinturas en la computadora con el programa Paint. Los colores son primarios, estridentes y psicodélicos, para así acentuar el sentido eléctrico de la pintura electrónica. “Esto para mi es retomar la dinámica del trabajo serio en la labor artística como cuando pasé tres años trabajando diariamente para Invección psiquicoeléctrica, exposición que hice en 2013 en Ex Teresa Arte Actual”, expresa.


Nieto del escultor Ernesto Tamariz (1904-1988), autor de Altar a la patria, memorial dedicado a los Niños Héroes en el Bosque de Chapultepec, Isaac pasó mes y medio, 12 horas diarias, haciendo el más reciente cuadro de la serie que dio a conocer en su cuenta de Facebook. La obra es “la síntesis personal en imagen de mi idea de la situación mundial ahora con el virus COVID-19, arma que se liberó después de la guerra comercial entre China y Estados Unidos”.


En lo estético es “un impulso de conformación plástica de fluidez colorística brillante en el que rechazo la utilización de grisallas previas y el negro para resaltar así la vivacidad de los colores que en su primera etapa del proceso pictórico son puestos en la tela bajo un concepto de conformación de abstracción arquitectónica”. Tamariz aplica los colores en la tela blanca a la manera de ladrillos que construirán esta estructura estética.



Imagen del cuadro cortesía del autor.



Lo largo del título del cuadro se debe a su fin educador para un público ajeno al arte: Auto calzón chino y fantasma remolcador en las sendas del 2020, mientras el sapo león pekinés se traga la carabela de Cristonald Trumpón.


La serie pretende conformar un proyecto de exposición en la que “quizá haga tirajes impresos, no numerosos, o utilice de modelo una impresión digital para amplificarlos en una tela que pinte al óleo”.


En el cuadro hay muchos elementos prehispánicos, como un águila que está por cazar una “serpiente/pulmón”, a modo de aro inflable, de un respirador artificial que sostiene una figura arrodillada sobre una pequeña mesa.


Dicha figura está inspirada en el luchador olmeca. Tamariz considera que lo prehispánico es un arte rico en cuanto a creatividad y monumentalidad escultórica. El luchador olmeca viene a ser el símbolo representativo de “esa humanidad frente al problema actual de la guerra viral”. El artista hizo un escudo nacional en bronce para la fachada principal del tercer piso del edificio sede del Nacional Monte de Piedad.


Tamariz dibujó y pintó desde niño, como un primer paso hacia el rigor de la escultura. Cursó la carrera de diseño industrial en la que aprendió a aplicar “lo que es pantone”, que compara con el teclado de un piano para los músicos: “Tú aplicas la colorística siempre con medios y terceros tonos, incluso, más si se puede”. Recomienda “no engolosinarse, ni caer en un excesivo preciosismo en la utilización de las escalas coloristicas, porque se corre el riesgo de debilitar la expresividad general del cuadro”.


En esa obra quizá hay una influencia muralística de Diego Rivera, en el sentido de plasmar un momento histórico.

domingo, 26 de julio de 2020

Yael Martínez, con un pie en Magnum Photos





Gracias a “toda la labor” hecha en el Centro de las Artes San Agustín (CaSa) y el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (CFMAB), instituciones fundadas por Francisco Toledo (1940-2019), el guerrerense Yael Martínez (Taxco, 1984) pudo desarrollarse como fotógrafo al grado de ser nominado para pertenecer a la agencia Magnum Photos, fundada en 1947. Ya había ganado el segundo lugar en la categoría de proyectos a largo plazo del concurso World Press Photo 2019.

Martínez siempre ha estado cercano a dichas instituciones y fue profesor del Programa de Fotografía Documental, que se hizo por primera vez en 2019 en CaSa, y se espera retomar en cuanto termina la pandemia por el COVID-19, con fotógrafos de Magnum.






En una charla virtual organizada por el CFMAB y la asociación civil Amigos del IAGO y del CFMAB, Martínez dijo haber confirmado, al llegar a Oaxaca en 2010, que mediante el arte se puede generar “un cambio social profundo”, al ver el trabajo realizado por Toledo, que ha sido uno de sus grandes inspiraciones.

Martínez trabajaba en blanco y negro, sin embargo al conocer la obra de Toledo “cambié hacia el color. Me encantaba la paleta que usaba. Hice ese cambio de vincular la realidad a través del color”. Hace 10 años tuvo la oportunidad de ingresar a un programa de fotografía contemporánea que realizaba CaSa, que transformó su manera de entender esta disciplina, en el sentido de “empezar a realizar proyectos personales y tratar de vincular estas experiencias con las problemáticas sociales que afectan a mi comunidad”.







Reconocido con la beca W. Eugene Smith (2019), Martínez proviene de una familia de artesanos y siempre tuvo curiosidad por la pintura. Al salir de la preparatoria quiso ingresar a una universidad en Morelos para estudiar artes visuales, sin embargo fue rechazado. Empezó a trabajar como asistente de una fotógrafo de arquitectura.

En 2008 realizó su primer proyecto fotográfico “muy clásico” sobre músicos populares de la región norte y Tierra Caliente de Guerrero. Ya en Oaxaca quiso hacer un proyecto en torno a su familia. En ese momento estaba enferma su abuela y acababa de nacer su hija. Al estar allá se enteró de la desaparición de varios miembros de su familia. Había pedido una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para realizar un proyecto sobre orfebres en Taxco, sin embargo lo dejó para registrar la vida cotidiana de su familia.







A la fotógrafa Joan Liftin, su tutora en el CFMAB, le encantó el proyecto y le propuso para una beca Emergency Fund de la Fundación Magnum (2016), para darle continuación. Después del problema con sus cuñados, en 2014 empezaron a generarse grupos de familias que tenían desaparecidos y hacían búsquedas en distintos puntos del estado.

A raíz de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, “empieza a pasar esto en diferentes partes de México, conozco a algunas de estas personas y comienzo a entender que era una problemática social mucho más fuerte, no un caso aislado dentro de mi núcleo familiar”. El proyecto, La casa que sangra, pretende “mapear estas geografías que han palidecido por el azote con el crimen organizado”.

Ser uno de los nominados de Magnum Photos significa que durante dos años Martínez colaborará con la agencia de manera independiente. Después deberá presentar su portafolio de trabajo para su evaluación y posible designación como asociado.







domingo, 19 de julio de 2020

Francisco Toledo, ocho décadas.





Tanto Oaxaca, como el país entero, es uno antes, y otro después, de la partida de Francisco Toledo (1940-2019). Muchos, sin embargo, tienen la impresión que no ha muerto y que en cualquier momento, a la vuelta de la esquina, lo van a encontrar.

El 17 de julio el artista, promotor cultural y activista hubiera cumplido sus 80 años, seguramente apartado en gran medida del mundo de las felicitaciones, en familia como a él le gustaba, tal vez en la capital de Oaxaca o de viaje en algún lugar sin revelar del estado.

Claro, siempre estaba para sus amigos y personas más allegadas. Armando Colina, director de la Galería Arvil con Víctor Acuña, expresa: “Cada año de donde quiera que me encontrara llamaba a Francisco para felicitarlo, era un rito que duró más de 50 años. Sus respuestas variaron con el tiempo sobre todo al final pues se quejaba de los múltiples problemas en que se metía… hablaba de sus proyectos y de su salud… pero siempre sentí su afecto hacia mí. Le daba gusto oírme. Su temprana muerte me sorprendió y causó tremenda tristeza”.

En algún momento Graciela Cervantes, directora de la Galería Quetzalli, le hacía una comida “un poco a la fuerza” con los amigos más cercanos porque “Trine (Ellitsgaard) se iba con los niños a pasar el verano con su mamá (a Dinamarca). A raíz de la muerte de su mamá, Trine ya no viajaba, entonces Toledo comenzó nada más a reunirse con su familia, sus hijos, sus nietos, que era lo que en realidad le gustaba”.

Durante 30 años Cervantes y Toledo fueron “socios, cómplices, amigos y confidentes”. Para ella Oaxaca es uno antes de Toledo y otro después de él: “Muchos tenemos la impresión que no ha muerto, que en cualquier momento va salir en alguna calle. Como Oaxaca fue su ciudad, la caminaba, la gozaba, iba por sus periódicos, uno lo encontraba platicando con alguien en la esquina o iba al taller de Fernando Sandoval. Siempre era un caminar las calles de Oaxaca. Luego, dan las 7:30 de la mañana y digo, ‘ya me va a llamar el maestro’, que era la hora en que lo hacía. Son cosas que se te quedan muy profundas en el corazón”.

Con motivo de su aniversario 80, Toledo fue recordado por las instituciones culturales que creó en Oaxaca: Instituto de Artes Gráficas (IAGO), en 1988, Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (FCMAB), en 1996, Fonoteca Eduardo Mata -depende del Iago- , en 1997 y Centro de las Artes de San Agustín (CaSa), 2006, así como la asociación civil Amigos del IAGO y del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, cuya presidenta es Sara López Ellitsgaard.

Ya no está el maestro, sin embargo su labor continúa, impulsada por personas comprometidas, que llevan bien puesta la camiseta de don Francisco.

Daniel Brena, director de CaSa, tiene un largo contacto con los proyectos de Toledo, ya que anteriormente dirigió el CFMAB. Señala que el artista, quien incursionó en un sinnúmero de disciplinas, “trabajó por muchos años para que el arte fuera accesible para todos. Reunió colecciones de libros, fotografías y gráficas, con la intención de que fueran disfrutadas por personas que históricamente habían sido excluidas de participar en la vida cultural del país. Además, a través de talleres, promovió que las personas pudieran conocer las técnicas, los procesos y conceptos necesarios para expresarse por medio del arte. Después de varias décadas, este trabajo ha creado instituciones resilientes. También ha creado una generación de estudiantes, maestros, artistas y trabajadores que están convencidos de que el arte debe de estar siempre al alcance de todos”.

Al respecto Hazam Jara, director del IAGO, comenta que éste “tiene el compromiso de seguir ofreciendo el espacio para la formación de artistas en las distintas disciplinas por medio de la biblioteca, talleres enfocados en distintas ramas de las artes gráficas y literarias de manera gratuita para todos los públicos interesados, siguiendo la visión de su fundador, el maestro Francisco Toledo”.

Para Fausto Nahúm, director del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, “es difícil imaginar Oaxaca sin alguna de las instituciones que fundó el maestro Toledo. Siempre han sido espacios abiertos y lugares donde muchos encontramos otra forma de ver y de apreciar las diferentes formas de expresión. Continuar con la labor es poder seguir ofreciendo los espacios y todo lo que representa a otras personas de la misma forma que el maestro nos compartió”.








domingo, 21 de junio de 2020

Arnaldo Coen, 80 años






Merry MacMasters. El cumpleaños 80 del pintor Arnaldo Coen (10 de junio de1940) fue celebrado con un conversatorio virtual realizado en la plataforma de Facebook del Museo de Arte Moderno. En ello participaron amigos de muchos años como el compositor Mario Lavista, el cineasta Nicolás Echevarría, el critico de arte Santiago Espinosa de los Monteros, el psicoanalista Salvador Rocha, bajo la conducción de la curadora Pilar García.


Para Coen, quien estuvo acompañado por su esposa, la galerista Lourdes Sosa, su obra es como hacer una exposición colectiva, pero “pintada por un solo pintor”. En esas varias etapas de su vida “de alguna manera hay un hilo conductor en el tiempo, el espacio, la forma, la paleta y en el arte en función de actuar con libertad.








Seguí esa expresión como de dibujos infantiles, sin embargo con una estructura, con una manera de manejar las atmósferas en los espacios que, aunque son de pequeño formato, son inmensos cuando puedes penetrar en ellos”, expresó el festejado en el transcurso del conversatorio.


Primero que nada, “fui un gran espectador de las obras de los demás, porque cada una que veía me inspiraba a algo. Fue descubrir el arte a partir de cero, como si no hubiera habido ni historiadores, sino ver la obra y dialogar con ella como si fuera recién hecha. Como espectador sentía que podía ser el autor de estas obras”.


Respecto de los grandes saltos de la historia de su trabajo Coen dijo, “hacía una exposición y en seguida cambiaba y hacía otra cosa. Eso me importaba”. Algo que siempre tuvo en la cabeza fue la pintura del italiano Paolo Ucello. Sigue experimentando y “a lo mejor lograré encontrar qué diablos hago”.


Mario Lavista, amigo de hace más de medio siglo, habló de algunas de las obras en que colaboraron juntos como la partitura Jaula, hecha con motivo de la visita a México en 1976 de John Cage. “Jaula -explicó- es la traducción al español de Cage, sin embargo también es el tipo de partitura que Arnaldo elaboró: una serie de 16 cubo, un submúltiplo de 64, edad que el compositor cumplía. Además, es el número de hexagramas que tiene el I-ching, del que Cage se sirvió toda la vida, no sólo para consultarlo, sino para componer. Sobre esos cubos concéntricos escribí unas pequeñas notas que se pueden leer desde el punto de vista musical. Al mismo tiempo la partitura puede funcionar como un objeto visual”.


Arnaldo, siguió, es “un gran melómano, un gran conocedor de la música. Algunas de sus pinturas tienen a la música en el centro mismo de una reflexión muy profunda. Pienso, sobre todo, en los paráfrasis que hizo de las batallas de Uccello, que traducen no solo el aspecto geométrico de sus pinturas, sino también lo que se oye en sus cuadros. Son cuadros que se escuchan. Lo que se escucha está dentro del cuadro, no fuera. Me maravilla que a través de un elemento pictórico Arnaldo puede crear una especie de resonancia sonora”.


Para Santiago Espinosa de los Monteros la obra de Coen tiene que leerse en conjunto con una serie de disciplinas artísticas que no solo se ayudan de él, sino que se complementan y son parte del conjunto de su obra.


Nicolás Echevarría participó con Coen en el Grupo Quanta, que incluía teatro, danza y todo tipo de disciplinas. Con él realizó body art al pintar el vestuario sobre el cuerpo desnudo de las bailarinas. Dijo tener “una colección increíble de dibujos a la limón con Arnaldo”.

domingo, 24 de mayo de 2020

Mexican cartonería





Merry MacMasters. El arte popular de México siempre ha ejercido un gran atractivo para los ojos foráneos. La escritora neoyorquina Leigh Ann Thelmadatter, con 17 años de radicar en el país, se topó con la técnica de la cartonería sin proponérselo. Sus indagaciones al respecto, no obstante, desembocaron en Mexican cartonería: Papel, engrudo y fiesta (Schiffer Publishing, 2019), con prólogo de la antropóloga Marta Turok. El libro es bilingüe (inglés/español) con la idea de dirigirse a los hispano parlantes en Estados Unidos.

Entrevistada, Thelmadatter expresa que el proyecto surgió del trabajo que durante años realizó para la enciclopedia en línea Wikipedia y su blog Creative Hands of Mexico (Manos creativas de México), mucho gracias a su propio interés. Recuerda que en Wikipedia no se puede subir nada sin que haya sido publicado por una fuente fidedigna. Así que la escritora buscó conocer a los artesanos en cuestión en un intento de encontrar más información sobre su quehacer. Con el poco material hallado empezó a armar lo que se convertiría en el libro.






En 2016 Thelmadatter fue invitada al Segundo Encuentro de Cartonería efectuado en Cuernavaca, donde conoció a la mayoría de los artesanos incluidos en el libro. Después de unos cuantos intentos fallidos, la editorial Schiffer encontró su propuesta y se comunicó con la autora ya que se dieron cuenta que no había nada parecido en el mercado.



Adalberto Álvarez lijando una pieza en su taller en Chalco, Estado de México.



---¿Qué arrojó la investigación?

---Mi propósito fue introducir la cartonería a un público extranjero ya que como dijo la casa editora no existía nada en inglés y muy poco en español. El libro más reciente sobre el tema tenía fecha de 1992 y giraba en torno a la familia Linares. (Pedro Linares fue el creador de la figura de los alebrijes) Mucha de la documentación también tenía que ver con esa familia, no obstante gracias al Encuentro de Cartonería me dí cuenta que había crecido mucho y que involucraba personas de procedencias muy distintas.

Los primeros cuatro capítulos se refieren más bien a cómo la cartonería llegó a México, su historia aquí y los objetos típicos que se producen. Hay un capítulo dedicado a los artesanos que, para mi, son los más relevantes en el siglo XX, luego otro enfocado a los maestros más representativos en activo”.



"Catrinas" que representan a varias Chinas Poblanas y otras mujeres en un vestido popular mexicano por Rodolfo Villena Hernández (Foto de Héctor Crispín González García)




Para la entrevistada el último apartado, El futuro de la artesanía,siglo XXI en adelante. Consideraciones económicas, es el de mayor importancia en el sentido de que “documenta los cambios que han sucedido en los últimos 25 años”. No había nada escrito al respecto, entonces toda la información incluida se obtuvo a través de las entrevistas con los artesanos.

Incluso, elaboró un cuestionario que repartía entre los cartoneros: “Me permitió saber cuánto ganaban, el porcentaje de mujeres que en eso laboraban, ya que por tradición era un trabajo de hombres, ellas sólo ayudaban y no recibían crédito. Hoy el 40 por ciento de los cartoneros, en especial los que empiezan en ello son mujeres que trabajan de forma independiente”.



Fabricante de fuegos artificiales de Ángela Ramírez del Prado. Todas las fotos fueron proporcionadas por Leigh Ann Thelmadatter.



Al principio del capítulo se señala: “Al igual que la mayoría de otros artesanos, pocos cartoneros pueden trabajar en el oficio de tiempo completo y tener un ingreso decente. Más del 80 por ciento de los encuestados ganan menos de tres mil pesos al mes, con unos pocos afortunados que ganan más de cinco mil 500. Incluso los de la familia Linares, cuyo trabajo se vende regularmente en galerías y museos en México y en el extranjero, viven muy modestamente en barrios pobres. La mayoría de las generaciones más jóvenes de talleres familiares se han cambiado hacia profesiones mejor pagadas que ofrecen las áreas urbanas.

Cabe señalar que residir en áreas urbanas a menudo significa un mayor costo de vida. Los objetos de cartonería no pueden exigir el tipo de precios que otras artesanías sí pueden. Los productos se basan en papel, que eventualmente se degrada, limitando el mercado de los coleccionistas. Gran parte del mercado en México, con excepción de los alebrijes, es todavía para festivales, con el objetivo de no conservar la pieza permanentemente. Esto es particularmente cierto para piezas muy grandes y monumentales”.

En los objetos fabricados se observan nuevas influencias, además geográficamente hablando la cartonería se ha extendido a varias partes del país. A Thelmadatter los cambios de los últimos cinco lustros le parecen “los más emocionantes”.

El libro es bellamente ilustrado.






domingo, 10 de mayo de 2020

Confineé Catrina





Desde su cuarentena en París, donde radica desde 1970, la pintora mexicana Cristina Rubalcava envía una imagen de su pintura más reciente: Confinée Catrina, un acrílico de 80 por 60 centímetros. En ello, la mexicanísima calaca, además de traer puesto un cubrebocas blanco, lleva en la cabeza una rebanada de sandía ya mordisqueada. Su brazo derecho sirve de rama de árbol a un perico en cuya boca abierta se percibe un pedazo de la sabrosa fruta.




Confineé Catrina (2020), Cristina Rubalcava.




A los pies de la Catrina, ataviada con una falda tipo bailarina, con toques azul y blanco, se encuentran dos pequeños perros, uno se para en sus patas traseras en un intento de ver qué pasa, mientras que el otro espera que le caiga el hueso de la calaca.

La primera vez que pintó una calaca fue con motivo de la película Carmen, de Carlos Saura, a la que le puso el nombre de la protagonista. Siguió pintándolas porque siempre le han llamado la atención.

Entrevistada, Rubalcava expresó que “al igual que los amigos artistas con quienes tengo comunicación relativamente constante, todos continuaron, incluso un poco más, el oficio cotidiano de trabajar aislados en las disciplinas de la pintura, escultura, música y el arte en general. Muchos están en las redes sociales ofreciendo pláticas, lecturas y cantos virtuales”.

La Confinée Catrina nació de una preocupación muy actual. Al inicio de la contingencia en México Rubalcaba reflexionó: “Aquí (París) se ha comentado en los medios que en México no se respetan las recomendaciones. ¿Será porque aun no están en la segunda o tercera fase del COVID-19? Yo sí me preocupé de ver algunas imágenes y por lógica mi trabajo se orientó a enviar un pequeño mensaje dentro de mi humilde y posible colaboración como lo hacemos, repito, los que acostumbramos trabajar en casa”.

Para la pintora la pandemia viene a ser “una lección que hará cambiar la historia”: “Sin ser científicos muchos hemos visto los cambios que llegan al cabo de una semana de confinamiento. El cielo se ha vuelto azul, no hay contaminación. Se puede respirar y muchas especies de pájaros que ya no se veían están de regreso como las abejas y mariposas. Cantan desde que amanece y sobrevuelan la ciudad. Es una alegría que se había perdido.

Y, el silencio, aunque forzado, es un nuevo lujo. Se puede escuchar el viento, apreciar la lluvia. El cambio climático ha sido violentado por nuestra forma compulsiva de vivir, comprando, corriendo, viajando. Todo esto florece en nuestras mentes”.

Rubalcava, cuya pintura siempre ha sido alegre, imagina lo que será el contacto humano cuando se termine el aislamiento: “Habrá amor del bueno y para los que pueden, habrá sin duda muchos nuevos bebés que seguramente vienen en camino. La vida seguirá con los que se hayan librado y protegido”.

La pintora ya había pasado por una crisis similar. “Recuerdo cuando era niña y vivía en San Ángel, no fui al kinder porque hubo una epidemia de poliomelitis. De ahí que mis padres me leían cuentos y después tenía que dibujar lo que recordaba. Lo traigo a la memoria puesto que después se publicaron esos dibujos de una niña, con un bello texto de Gustavo Sainz y de Rodolfo Usigli. Ya veo, traía esa vivencia. Así es que por supuesto y en honor al arte hay que tratar de dar lo mejor siempre que se pueda”.