El
artista visual Reynaldo Velázquez (Tuxtla Gutiérrez, 1946) es
conocido mayormente como escultor, aunque su propuesta inicial fue de
pintor. En los años 70 del siglo pasado, cuando todavía radicaba en
Chiapas se le ocurrió hacer unas esculturas en madera más que nada
por explorar un campo que creía desconocer. Después se dio cuenta
que conocía muchos tipos de madera, además la talla la había
tenido cerca desde la infancia. Fue la promotora cultural Elena
Olachea quien le dijo “¿qué haces como pintor aquí, si tu eres
escultor?”
Más
de medio siglo de trabajo artístico de Velázquez se ha resumido en
el libro La piel despierta (Gobierno del Estado de
Chiapas/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2015), con
introducción de Sylvia Navarrete y texto de Graciela Kartofel.
Entrevistado, el artista expresa que originalmente iban a ser tres
tomos, uno de gráfica, otro de pintura y el tercero de escultura,
sin embargo terminó en una “síntesis” de un solo volumen por
cuestiones de presupuesto. Aunque el libro, con un tiraje de 2 mil
ejemplares, se ha presentado en Chiapas, no así en CDMX, tampoco se
encuentra en las librerías Educal.
Hace
unos días Velázquez organizó una presentación íntima del libro
en la Librería Jorge Cuesta, que coincidió con la clausura de una
pequeña muestra suya de gráfica en xilografía, que abarcaba
trabajo de varias décadas. El tema que se impuso fue el desnudo
masculino, más bien “genital, aunque no necesariamente erótico”.
Por
lo general, señala, el desnudo masculino se ha ocultado desde el
Renacimiento a pesar de que en ese entonces “se acentúa el bulto
del sexo masculino, sin embargo se tapa. Con los griegos no existe
ese velo de pudor que quito y que en realidad es lo que determina el
erotismo. Por eso digo que mis grabados no son tan eróticos como
parecen. Lo erótico tiende a ocultar el sexto tanto el masculino
como el femenino. El masculino se oculta más quizá por esta especie
de autocastigo del varón porque tiene ventaja con respecto al sexo
femenino que lo tiene escondido”.
El
más reciente proyecto de Velázquez, que acaba de terminar, es una
escultura en madera de eucalipto tallada de unos luchadores
enfrascados en la llave conocida como La Tapatía, un nudo
inventado en México y considerado “un clásico en la lucha libre
nacional”. Al entrevistado le gusta la lucha libre por “su
trascendencia popular y la relación que tiene con las funciones
antiguas desde el circo romano, ya que ese tipo de espectáculo con
concentraciones de oponentes en que el público toma partido desde
que entra a esos coliseos. Al llegar tu preguntan si eres ruda o
técnica para ubicarte. Eso te involucra en el partido y ellos te van
a representar en el ring. Es como una cámara de diputados, pero que
sí funciona”.
En
la presentación el grabador Octavio Bajonero señaló que Velázquez
es de la etnia zoque y, por lo tanto, heredero directo de los olmecas
que “nos legaron esculturas monumentales”. De acuerdo con la
especialista Beatriz de la Fuente las culturas olmeca y maya tenían
un concepto homocéntrico, de allí que la escultura de Velázquez
representa “al hombre en toda su fuerza”.
Para
Bajonero lo “sorprendente” de la escultura de su colega es su
“hiperdesnudismo”, y también hiperrealismo. Con eso “me
refiero a que ni siquiera un pelo cubre la desnudez de la figura, la
madera como material orgánico que es, da la escultura de Reynaldo
una especie de vida”.
En
el idioma maya existe la palabra chue’lel, que los
antropólogos e historiadores han traducido como alma o espíritu. En
realidad “cuando un hombre pierde su chue’lel, el
curandero o chaman de la etnia lo puede recuperar. Tal parece que las
esculturas de Reynaldo perdieron su che’lel, y que se
encuentran en un estado de vida suspendido”.
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